| PARA NARCISISMO, el de la generación anterior, convencida de sus propios méritos | |
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LAURA FREIXAS - 26/09/2005
Los hijos del 68 están hartos. Hartos de que se les llame narcisistas, apáticos, despolitizados, comodones. Hartos de que se les desprecie cuando se manifiestan contra la reforma educativa, y no contra el principio de realidad, por ejemplo. Hartos de que se les retrate como autistas enganchados a internet, eternos adolescentes instalados en casa de papá y mamá, que ya no saben qué hacer para quitárselos de encima. Hartos de burlas y reproches... Eso, al menos, dicen Laurent Guimier y Nicolas Charbonneau, autores de un libro que acaba de salir en Francia: Génération 69. Les trentenaires ne vous disent pas merci.No, los treintañeros no dan las gracias a sus mayores. Es muy fácil, dicen, reírse de los Tanguy (título de una película famosa), los jóvenes que no se independizan: ¿pero cómo vas a independizarte cuando al terminar la carrera, sólo el McDonald´s te recibe con los brazos abiertos? Cierto que viven con sus padres, pero porque no les queda más remedio. ¿Enganchados a internet? Mejor eso que la estúpida tecnofobia de sus padres; y además, los blogs son como las paredes de la Sorbona puestas al alcance de todos. ¿Apáticos, hedonistas, narcisistas...? Para narcisismo, el de la generación anterior, convencida de sus propios méritos, de su rebeldía gloriosa, sin darse cuenta de que es fácil hacer pintadas y tirar piedras en una sociedad democrática y próspera, con buenas perspectivas de empleo.
Que la generación treintañera es muy distinta de la que hoy tiene cincuenta años, no cabe duda: no hay más que ver a esos escritores jovencitos, tan serios, tan trabajadores, tan ufanos de ganar premios. Posan para los fotógrafos, adulan a los lectores, publican donde mejor les paguen; han entendido que el éxito no está ni mucho menos asegurado, y lo persiguen las veinticuatro horas del día, en vez de desdeñarlo, que era la actitud de moda en los setenta. Algunos la llevaron tan lejos que se fueron de viaje - a Katmandú, o a viajes de otro tipo- y no volvieron; otros, sin llegar a tanto, simplemente abandonaron los estudios y acabaron llevando una vida tan convencional como la que despreciaban, pero en peor: en vez de aburridos notarios y dentistas, aburridos vendedores de artesanía o macrobiótica... Ninguna generación es toda de color de rosa.
El año en que la mía despertaba a la vida adulta, 1975, fue el centenario del impresionismo. Sólo mucho después caímos en la cuenta de que el impresionismo no era, como creíamos - de tanto como nos habían hablado de él- la pintura, sino una forma de pintura entre tantas. Algo parecido nos está pasando ahora con la imagen que teníamos de la juventud: creíamos que los jóvenes eran por definición rebeldes, marginales, ingenuos, peleados a muerte con sus padres, críticos con el éxito e indiferentes al dinero; y ahora entendemos que no era por definición, sino por las circunstancias. Que hay otras formas posibles de ser joven. Y entendemos también algo que, la verdad, no nos hace mucha gracia: con la misma furia y la misma buena conciencia con que atacábamos a nuestros padres - sólo los pretextos han cambiado-, nuestros hijos nos atacan a nosotros. Lo único que nos consuela es que si Dios nos da salud, dentro de treinta años veremos cómo toman el relevo nuestros nietos.
