Hace poco tiempo, saltó a los periódicos la noticia de que una gijonesa fue propuesta por el gobierno brasileño de Lula para el Premio Nobel de la Paz. Hasta entonces, era casi una desconocida, como tantas personas buenas que realizan un cristianísimo y humanitario trabajo en los países de ese pobrísimo Tercer Mundo. Se llama María Dolores Muñiz Junquera, es una religiosa de frontera y tiene setenta y nueve años, casi todos vividos y gastados con los pobres, en nombre de Jesucristo y su evangelio, dos palabras que le brotan con mucha frecuencia del alma en su ágil y cautivadora conversación.
Encorvado ya su diminuto cuerpo, pero lúcida de mente, lleva cuarenta años ayudando y luchando por la promoción y dignificación de los habitantes de las favelas de ese gran Sao Paolo brasileño. Tiene las ideas muy claras y, como mujer, un gran sentido práctico para realizarlas. Es partidaria de la más ortodoxa Teología de la Liberación porque es muy difícil, en el mundo de la miseria, profesar otra teología y leer de otra manera las palabras de Jesús: «Tuve hambre y me dísteis de comer...»
Asturias le acaba de otorgar la medalla de plata. Admirable el gesto de humildad con que lo recogió. Justas y atinadas las palabras de justificación del presidente. El Día de Covadonga nos alegró con su presencia en la misa de una de San Pedro. Quedó emocionada con los tonos asturianos que cantó, con alta calidad musical, el coro parroquial. Allí expuso su último proyecto de levantar, con la aportación del Ayuntamiento de Gijón, un comedor-restaurante, donde los usuarios paguen una mínima cantidad («treinta centavos», dijo) que les haga sentir, aunque pobres, personas como las demás. Y ofreció a la parroquia la posibilidad de contribuir, con una cantidad anual, a su mantenimiento. Ese será nuestro compromiso todos los años el día de la Santina. Javier Gómez Cuesta.
