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Al este de James Dean
James Dean.

GENTE / Cuando en 1955 murió, América entera se conmocionó hasta el histerismo

Por Lorenzo Esteve

Época

Cuando en 1955, James Dean se estampó al volante de su coche en Salinas (California), América entera se conmocionó hasta el histerismo. Aquel Adonis en vaqueros representó como nadie la pulsión del eterno adolescente: inseguro, rebelde ante la figura paterna, díscolo frente al orden establecido, a punto de estallar… Todo ello lo desarrolla Miguel Ángel Prieto en la biografía James Dean (T&B). La ficha del personaje es como el sendero demigas de Pulgarcito. Todo son pistas. Una, se llamaba Byron de segundo nombre (James Byron Dean), detalle de premonitorio romanticismo. Dos, desciende de una familia de granjeros cuáqueros (el ambiente que presagia el clima trágico de Al este del Edén). Tres, pierde a su madre a los nueve años y su padre confía su educación a unos tíos. Cuatro, sufre el síndrome del Patito Feo. Acomplejado por su corta estatura y su miopía, James empieza Derecho y luego lo abandona. Hace teatro y publicidad. Aparece en películas de Samuel Fuller, Douglas Sirk y hace de árabe en una adaptación de ¡André Gide!: El inmoralista. El gran salto lo da en 1954 cuando, con sólo 23 años, Dean es seleccionado por Elia Kazan para incorporar al incomprendido Cal Trask en Al este del Edén, sobre la novela de John Steinbeck. Cal Trask parece un remedo de los personajes de Kafka, enfrentado a su autoritario padre, tras la brutal revelación de que su madre es una prostituta. Y a la vez, recuerda a otro arquetipo juvenil: el Holden de El guardián en el centeno, de J. D. Salinger. El autor de la biografía cuenta como Nicholas Ray, otro outsider, exacerbó estos rasgos en Rebelde sin causa (1955). Lucha generacional plasmada en carreras de coches y en los planos en escorzo sobre el rostro crispado de Dean. El mito ya estaba hecho. El volante y la pulsión suicida se convirtieron en terminaciones nerviosas de Dean, como la gabardina y el sombrero en el caso de Bogart. La biografía de Prieto se detiene en este carácter estético, consustancial con James Dean. El suyo es un modelo muy diferente al de tiempos anteriores (los varoniles Gary Cooper, Clark Gable). Dean representaba un molde peterpanesco, débil, casi feminoide… como el de Montgomery Clift. Pasados los años duros de la guerra, llegaba una generación criada en prosperidad. Y con ella la televisión, los primeros ídolos del rock y el tupé a lo Presley, primer signo de excentricidad capilar que presagia la revolución de las melenas de los sesenta. Si en las mejores películas lo insinuado aporta un plus de magia y misterio, la vida abruptamente interrumpida le presta a Dean un aura de romanticismo. Sería terrible imaginarlo entrado en años y en kilos, desperdiciado en cine barato y comercial. ¿O tal vez no? Nunca lo sabremos.

- Gente - 31.08.05 20:02 - -
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