Luis del Val
El verde de la camisa es distinto al verde del pino, un verde mucho más claro también que el verde del pantalón, menos severo, como si la camisa pudiera permitirse un alivio en la sobriedad del uniforme.
El guardia civil está a la puerta del infierno, con el automóvil cruzado sobre el camino forestal, delante de un fondo de humo espeso y negro que oscurece la luz de la tarde e impele a intuir lo peor.
Otros compañeros suyos están más arriba, más cerca del fuego, y por el radioteléfono se escuchen órdenes secas, mensajes rápidos que se repiten un par de veces.
Por todo el territorio nacional las camisas verdes salpican lugares conflictivos y de vigilancia. A veces, en un cruce de carreteras, no con el objetivo de disuasión de automovilistas alocados, sino como disuasión a quienes pueden llevar cargas letales en el maletero, y podrían pasar por allí, eventualidad que no está exenta de peligro. A veces, las camisas verdes han llegado hasta el pueblo inundado momentáneamente por la furia de la tormenta, y ayudan a rescatar vecinos de la furia del agua dulce que puede ser muy amarga.
Las gentes que llevan estas camisas verdes arriesgan la vida a cambio de una escasa paga. Quizás por eso resulta mucho más hiriente esa historia estremecedora donde nueve guardias armados no pudieron reducir a un paisano desarmado, esposado de pies y manos, al que sólo lograron someter cuando estuvo muerto. La presunción de inocencia debe exigirse, pero no debe confundirse con la ofensa a la inteligencia. Ni el corporativismo puede superar la dignidad del Cuerpo. Un juez prevaricador no significa que los jueces lo sean. Un periodista trincón no llena de lodo a todas las asociaciones de Prensa. Y Judas no ensució el buen nombre de San Pedro y el resto de los Apóstoles. El Corporativismo ciego e irracional hace mucho más daño que el desafuero de un acto.
Dentro de la camisa verde claro hay un hombre o una mujer que se ha formado en la disciplina, la obediencia, el respeto y el sacrificio. Nadie lo pone en duda. Pero quien más daño hace a la Guardia Civil es quien intenta hacernos creer que un ciudadano normal era Sansón, Hércules endemoniado con la fuerza de Polifemo, capaz de reducir a 9 guardias que han recibido clases de lucha y defensa personal. Presunción de inocencia, sí, pero insultos al raciocinio, no, porque avergüenzan. Incluso avergüenza a ese guardia civil que, con el vehículo cruzado sobre el camino forestal, se encuentra expectante y tenso, con no sé cuántas horas de servicio, a las puertas del infierno.
