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CIVILIZACIóN / Perfil de de la uatora de "La Fueza de la Razón"
Por Ángel Vivas
En su libro de próxima aparición en España, Oriana Fallaci (Florencia, 1929) dice que morirá de pie. La propia obra es una prueba. En Oriana Fallaci se entrevista a sí misma (La Esfera de los Libros), la periodista y escritora, pese a su mala salud (tiene un cáncer incurable), se muestra en plena forma intelectual. Sigue arremetiendo, con el mismo vigor de sus últimos libros, contra un cáncer, éste de tipo moral, que le parece más peligroso que el que la está matando a ella: el de la cobardía de Occidente ante la guerra que le ha declarado el islam. El libro de la Fallaci es un grito de protesta; un aullido, como el clásico de Ginsberg; un panfleto en el buen sentido de la palabra. Y conviene recordar que la historia de la literatura política está llena de panfletos muy importantes y contundentes, incluyendo alguna pieza maestra de Jonathan Swift. El de Oriana Fallaci es un grito vehemente, un exabrupto, ni que decir tiene que nada políticamente correcto. Ella, que nunca se ha mordido la lengua, mucho menos lo va a hacer ahora, dados sus 76 años y las circunstancias de su salud. Oriana sigue fiel a sí misma, empezando por una cierta egolatría. Este aspecto, aunque no sea esencial en el libro, le da un tono muy peculiar. Empezando por el recurso de ser ella la entrevistada y la entrevistadora, y siguiendo por detalles como el de recordar sus ventas millonarias. La combativa Oriana Fallaci hace tiempo que alcanzó el estatus de diva, o que se lo autoconcedió, y así se refiere a sí misma, como a una diva.De modo que cuesta creerla cuando dice que le fastidiaba ver su nombre repetido en el primer título del libro, Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci. Como el panfleto airado que es, Oriana Fallaci se entrevista a sí misma es una mezcla intrincada de verdades como puños, verdades del barquero o de las que dicen los niños que señalan las desnudeces del rey, con afirmaciones mucho más discutibles que en ocasiones, incluso, rozan la calumnia. Éste es el último de una trilogía, compuesta además por La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón, y empieza pisando fuerte. Llamando, por ejemplo, a la emisora Al Yazira el Ministerio de Información de Al Qaeda, o dejando caer que en el vídeo en que un ciudadano italiano es asesinado por terroristas islámicos quizá se esconda “un colaboracionista antiglobalización”. A partir de ahí, la Fallaci dispara contra todo lo que se mueve, contra esto y aquello. Porque el suyo no es un discurso maniqueo en sentido estricto, no divide el mundo entre buenos y malos, sino entre malos y menos malos. No se pone del lado de nadie incondicionalmente, e incluso quienes pudiera pensarse que son los suyos van también bien servidos. Si apoya a Bush es de un modo indirecto, aplicando la vieja máxima de que “los enemigos de mis enemigos...”. Pero no le gusta, más o menos tan poco como Clinton y Kerry. Al Papa le critica un discurso pacifista y bienintencionado que se puede resumir, o ella resume, en un “querámonos todos”, cuando los tiempos piden una actitud más agresiva para defenderse de un ataque terrorífico.

