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ESPAÑA / Análisis
Por Stanley G. Payne
El siglo XX no fue benévolo con las monarquías. La mayoría de ellas fueron derribadas, mientras algunos reyes individuales fueron asesinados del modo más atroz, hasta con toda su familia, como en el caso del zar ruso. España paso casi medio siglo sin monarca, aunque una parte considerable de ese tiempo fuera una monarquía teórica. Mientras tanto, la Familia Real española pasó por toda clase de traumas internos, con las enfermedades de tres de los hijos de Alfonso XIII y las tragedias de dos de los vástagos de Don Juan, con una infanta ciega y un infante matado en accidente por su propio hermano. Vista con perspectiva histórica, la caída de la Monarquía en 1931 fue un desastre para España, porque abrió un proceso constituyente demasiado conflictivo que el país no sabía superar sin guerra civil. La vuelta a una Monarquía parlamentaria más democrática en 1931 habría probablemente encauzado mejor el camino hacia la democracia, con alguna garantía de mayor moderación. Se criticaba mucho al último rey por haber manipulado el sistema político, pero las manipulaciones e injerencias del primer presidente de la República, Alcalá Zamora, fueron probablemente mayores que las de Alfonso XIII. Después de 1931, las posibilidades de la Monarquía fueron poco más que nulas durante muchos años. Es una paradoja o una ironía de la Historia que algunos militares monárquicos jugaran un papel importante en el nombramiento de Franco como jefe único del movimiento militar de 1936, creyendo que fuera el más fiable para restaurar la Monarquía.Eventualmente sería así, pero tardaría muchos años, décadas, más de lo que ellos creían. Curiosamente, fue la decisión de Franco la que probablemente hizo posible la introducción de una nueva Monarquía democrática, aunque de ningún modo esto fuera jamás la meta deseada por el propio Franco. Pero entonces quedaban pocos monárquicos en España, así que sólo la decisión de un dictador podía imponer una restauración originalmente deseada por pocos. De igual forma, sólo la experiencia de una dictadura larga y totalmente dominante dejaría dispuestas a las izquierdas a aceptar un régimen que originalmente despreciaban, porque les permitiría salir del atolladero. Que la decisión original de Franco de traer al joven príncipe Juan Carlos a España, educarle dentro del país y de las instituciones vigentes, y luego proclamarle como sucesor, fueron acertadas con consecuencias benévolas para España, es una conclusión que ya ha sido aceptada por la gran mayoría de los estudios y comentaristas. Don Juan nunca tuvo muchas posibilidades de ser rey y, si hubiera sido proclamado como tal, es más que dudoso que hubiera durado y hubiese podido consolidar una democracia. Fue probablemente indispensable que Juan Carlos se educara como franquista dentro de las instituciones del régimen. Así podía empezar a actuar como rey desde una posición de total legitimidad en las instituciones establecidas, procediendo, como se decía, “de la ley a la ley”, con todas las garantías normales. A Juan Carlos se le reconocería dentro de poco como “el motor del cambio” y, sin su iniciativa decisiva, el comienzo de la democratización no hubiera sido posible. Pero la democratización dependía igualmente de una nueva clase política dispuesta a pactar y proceder de un modo democrático, y también de una nueva sociedad civil española que acogería la moderación y las normas constitucionales.

